10 de agosto de 1.957
Zarpa de Buenos Aires, con destino a Hamburgo, el velero escuela alemán Pamir, cargado con 3780 toneladas de cebada y 255 toneladas de lastre en sacos. Embarcan en el mismo 86 tripulantes, 54 son cadetes en prácticas de la Marina Mercante, en viaje de formación profesional de futuros oficiales que culminarán su carrera con este viaje.

For Australian National Maritime Museum on the Commons

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Previamente, una huelga de los estibadores del puerto de Buenos Aires había obligado a la tripulación a estibar el grano con sus propios medios, directamente en la bodega, y no recogido en sacos como hubiese sido aconsejable en evitación de un posible corrimiento de la carga y del riesgo que ello suponía.
Según se recoge de los archivos relacionados con el viaje en cuestión, es en buques de esta naturaleza donde los marinos en formación comprenden el significado del enfrentamiento del hombre con la mar que, lejos de amilanarle, lo fortalece, llenando su espíritu de positivas emociones.

Se trataba de un buque cuya bella imagen parecía aún más imponente al recostarse su figura en el horizonte. Los cuatro mástiles de que constaba, junto con sus velas cuadras, ofrecían una bella e impresionante figura. Siempre ha sido espectacular el avistamiento de barcos de este tipo en alta mar.

2 de septiembre de 1.957
Próximo a la costa oeste de África, al SE de las Islas del Cabo Verde, todavía en el Atlántico Norte, se forma una tormenta tropical que se mueve en principio hacia el NNO, para, a medida que se desplaza, disminuir su presión alarmantemente hasta adquirir la categoría de huracán.
El huracán así formado fue denominado Carrie, (era entonces costumbre la aplicación de un nombre femenino a los huracanes). Tanto por el lugar de su nacimiento como por la errática y sorprendente derrota, constituyó un caso muy especial entre los huracanes tropicales de su mismo nivel.
El azar, más que las especiales características del Carrie, hizo que su ruta confluyese con la derrota del Pamir, precipitándose así las circunstancias que han constituido el objetivo principal del presente relato.
Volviendo de nuevo al velero con el que comenzamos el relato, debido a la inesperada derrota tomada por el huracán Carrie, el destino quiso esta vez que su avezada tripulación fuera sorprendida a solo 600 millas al SSO de las Islas Azores, en el Atlántico Norte, interceptando inesperadamente la ruta trazada por el navío.
Esta situación me trae a la memoria la canción marinera que todos nosotros hemos entonado alguna vez: “…Salió de Jamaica, cargado de ron, un barco velero, un barco velero rumbo a Nueva York; la mar se embravece, el viento arreció…” El navío, que ya había soportado las peores condiciones y enfrentado la furia del mar con la dignidad propia de los grandes buques veteranos, ésta vez fue abrazado por la fatalidad y como consecuencia del temido corrimiento de la carga que transportaba, y de la consecuente escora, zozobró el 21 de septiembre de 1.957 en medio del huracán, después de haber sido zarandeado despiadadamente. “….la mar se embravece, el viento arreció y el pobre navío, y el pobre navío allí naufragó….” continuaba la canción, que seguía, más o menos: “… no siento el barco, no siento el barco que se perdió, siento el piloto, siento el piloto y la tripulación”.
Finalizaba aquella, más o menos: “… Pobres marinos, pobres pedazos del corazón, que la mar brava, que la mar brava se los llevó… señor Capitán déjeme subir al palo más alto, al palo más alto de ese bergantín….”
El gran velero mercante, uno de los pocos que se mantuvieron a flote después de la segunda guerra mundial, provocó la congoja de todo aquel que estuviera relacionado con la mar, siendo la similitud con el tema de la canción la que me ha dado pie para incorporarla al presente relato.
Este episodio no significaría sino una más de las muchas tragedias ocurridas en la mar si no fuera por su coincidencia con uno de los viajes que me tocó en suerte durante mis ya por entonces largas travesías.
Aunque pretendo continuar el relato en el siguiente capítulo, sí me gustaría anticipar el hecho de que el 20 de septiembre de 1.957, -un día antes del hundimiento citado-, avistamos en el horizonte un precioso barco velero -cuya fotografía adjunto-; que tiempo después, ya en tierra, a través de la información que llenaban todas las publicaciones, identificamos como el Pamir de tan triste recuerdo…

                                                                                                                                                                                Santi

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